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La fiesta de los muertos

Antecedentes

Se celebra en la iglesia católica el 1 de noviembre y tiene por finalidad honrar a todos los moradores del cielo, a los santos canonizados y a los que no lo han sido todavía. Fue creada por el papa Gregorio IV en el siglo IX y desde entonces se celebra en Europa. En su etapa primitiva, esta fiesta nació en las catacumbas de Roma, al honrar en una ceremonia general a los mártires cristianos que fueron sacrificados en tiempos del emperador Diocleciano.

En España el 1 de noviembre, Día de Todos los Santos, se ofician misas en los templos; el día 2 se visita el cementerio para rendir homenaje a los muertos y las tumbas son arregladas por los deudos, quienes les llevan flores y coronas, además de  prender lamparillas de aceite o velas.

En las casas particulares no construyen altares ni ponen ofrendas como se acostumbra en México, aunque hay quienes piensan que antiguamente en las provincias Vascongadas, el norte de Castilla la Vieja y Aragón, los habitantes solían llevar a la misa ofrendas de trigo, pan y vino para su bendición, y se ponían en las fosas, costumbre que ha desaparecido.

Fusión de dos culturas

En el siglo XVI tuvo efecto un encuentro de culturas, la española y la indígena, en el cual los vencedores trataron de imponer su idioma, sus costumbres y religión, la católica, y en cambio los vencidos lucharon por preservar sus propios valores culturales.

Con la introducción de una nueva concepción religiosa, tres fueron las órdenes que se establecieron durante la primera mitad de este siglo en nuestro territorio: los Franciscanos en el año 1524. los Dominicos en 1526 y los Agustinos, quienes desembarcaron en el puerto de Veracruz,  en 1533. Ellos trajeron el miedo a la muerte, que es a la vez el temor al juicio final y por lo tanto al infierno. También introdujeron al esqueleto acompañado de una guadaña, todo lo cual significa el preludio de nuevas catástrofes o desgracias.

Los españoles encontraron ideas parecidas a las del cristianismo entre los indígenas, como la creencia de la inmortalidad del alma, pues al desprenderse del cuerpo ésta podía ir a morar, según hubiera sido la muerte, al Tlaloacan o paraíso de Tláloc, o al lugar donde residía Mictlantecuhtli, señor de los muertos, así como el culto a los muertos, que presenta hondas raíces prehispánicas.

En el choque de culturas ocurrido en el siglo de la conquista, la española logró imponerse en muchos aspectos a la nativa,  pero ésta ha resistido a través de generaciones, al conservar sus costumbres y tradiciones, y hoy en día trata de sobrevivir dentro de los moldes de la sociedad moderna.

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